TIERRAS FRONTERIZAS

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La Revista de Sotogrande descubre a sus lectores la belleza del País Vasco Francés. Un destino extraordinario que, a pesar de su cercanía con España, resulta bastante desconocido. Un territorio fronterizo histórico lleno de contrastes que merece la pena descubrir.  Recorremos dos de sus paradas imprescindibles: Hendaya y San Juan de Luz. Belleza en estado puro entre el mar y la montaña. Muy recomendable.

A tan solo 21 kilómetros de San Sebastián, en la frontera entre España y Francia, se encuentra uno de los pueblos más bonitos de la costa vasca francesa: Hendaya. Un lugar para disfrutar despacio, entre la tranquilidad de sus calles y la belleza natural de su entorno.

Sin duda, Hendaya merece un paseo, contemplando, a cada paso, sus características casas blancas y rojas, su casino, sus villas, de estilo neovasco, o su imponente Castillo Abaddia, un  emplazamiento  único  situado  entre los  abruptos  acantilados  de  Hendaya,  impresionante  y  hermoso  a  partes  iguales.

En la parte antigua se encuentra, además, la famosa estación de tren donde, al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, se reunieron Francisco Franco y Adolfo Hitler para discutir acerca de la participación de España en la contienda, como aliado de Alemania.

La playa de Hendaya, llamada Ondarraitz, es sin embargo, la joya de la corona del lugar. Tres kilómetros de arena fina flanqueados por casas neovascas clasificadas como bienes de interés cultural, y por la silueta emblemática de las rocas gemelas, “les Deux Jumeaux”. Además de ser una de las playas más bonitas de Francia (Top 6 en la clasificación de Tripadvisor 2017), la playa de Hendaya es también una de las más seguras de la costa vasca. Las olas son más suaves y asequibles que en el resto de la Costa de Aquitania y no presentan corrientes peligrosas del tipo “pozas”. Considerada la pista verde del surf, es el destino perfecto para iniciarse en este deporte.

SAN JUAN DE LUZ

A tan sólo doce kilómetros de Hendaya, se encuentra San Juan de Luz, una de las localidades más variopintas de la costa. Su casco histórico es un laberinto de callejuelas perfecto para perderse y  descubrir increíbles paradas en mercados típicos al aire libre, tiendas tradicionales, restaurantes y  cafés.

Su pintoresco puerto pesquero es otro de los puntos de interés de San Juan de Luz, copado de increíbles  palacetes que los antiguos armadores vascos edificaron frente al mar en el siglo XIX.

Es curioso saber, asimismo, que este relajado destino turístico de veraneo fue la base de los corsarios vascos en el siglo XVII. Su hermosa bahía con forma de media luna, su playa de arena fina y su ambiente en general hacen de este lugar el sitio perfecto para los viajeros en busca la tranquilidad de un pueblo vivo, pero sin el ajetreo de otras localidades de costa.

Y, una vez descubiertos estos dos pequeños paraísos a las puertas de España, San Juan de Luz será el punto de partida ideal para descubrir otras ciudades cercanas, como Bayona, Biarritz o Anglet , con las que coronar una escapada con esencia propia.

PARA CHUPARSE LOS DEDOS

De fuerte tradición culinaria, la gastronomía en San Juan de Luz y Hendaya destaca no sólo por sus restaurantes con Estrellas Michelin, como El Kaïku o el restaurante L’Océan del Grand Hotel, sino también por sus productos autóctonos, entre los que cabe destacar los típicos macarons y Pastel Vasco de ADAM Etxea, los KANOUGAS de la Maison PARIÈS, el salchichón vasco del cerdo negro del Valle de los Aludes, o el pimiento de Espelette, entre otros productos.

PARADAS OBLIGADAS:

  • El Castillo de Abbadia del siglo XIX, en Hendaya, diseñado por Viollet le Duc sobre un acantilado y residencia del científico Antoine d’Abbadie.
  • El pintoresco puerto pesquerode San Juan de Luz, donde los antiguos armadores vascos que salían a la pesca ballenera edificaron sus palacetes frente al mar.
  • Old Croisière Casino de Hendaya, un edificio que destaca no solamente por ser el único edificio construido en la playa misma, sino también por su particular estilo árabe.

PICO LARRÚN

Es la primera cima de la cadena pirenaica dominando la costa atlántica desde sus 905 metros de altura. Desde la cima, en la frontera entre Francia y España, se aprecia una vista panorámica de 360º entre el océano y la montaña. Para alcanzarla existen varias opciones pero, la más demandada, es la del tren del Larrún. A una media 9 km por hora, el tren necesita 35 minutos para conducir a los viajeros al corazón de la naturaleza salvaje donde reinan en libertad los Pottok, pequeños caballos salvajes, así como las ovejas Manech y los buitres de los Pirineos.