FASCINANTE LISBOA

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La Revista de Sotogrande viaja a Lisboa para mostrar a sus lectores una escapada que, siempre, resultará ser una buena idea. Historia, naturaleza, cultura y una gastronomía excepcional dan forma a la carta de presentación de una tierra que merece la pena explorar. Una ciudad abrazada al Tajo en la que presente y pasado se fusionan para hacer de cualquier estancia una experiencia sorprendente.

La capital de Portugal encierra todo lo necesario para un fin de semana inolvidable. Un viaje que podrá alargarse en el tiempo sumando al recorrido el resto de un país que parece haber sido hecho para enamorar.

Llamada la ciudad de las siete colinas por sus empinadas calles, Lisboa aguarda al visitante para fascinarlo.  Monumentalmente, lo hará con lugares como la Torre de Belém o el Monasterio de los Jerónimos, ambos Patrimonio Mundial; con su majestuosa catedral; el castillo de San Jorge, la Iglesia de Santa Engracia, o con el Padrón de los Descubrimientos, un homenaje a los grandes navegantes portugueses que merece la pena visitar.

Otro lugar que sorprenderá es el famoso Parque de las Naciones, creado para la Exposición Mundial de 1998. Actualmente, este espacio alberga el Oceanário y otros puntos de interés como el teleférico o el Pabellón de Portugal. Y,  por supuesto, la Estación de Oriente, que, diseñada por el arquitecto español Santiago Calatrava, hoy es referente máximo de la Lisboa más cosmopolita y moderna.

Merece la pena, además, dedicar horas a pasear Portugal. En este apartado, es imprescindible perderse un buen rato por sus barrios históricos: Alfama, Castelo y Morería, Bairro Alto, Chiado y Bica, con su tradicional funicular; y la Baixa. Inolvidable…

Y que mejor forma de despedirse de esta fascinante tierra que con una breve excursión a una de las más bellas sierras portuguesas, Sintra, donde se encuentran palacios y museos únicos en entorno y paisaje y con una riqueza extraordinaria. El Palacio da Pena, visita obligada en Sintra, es el más romántico de Portugal por la reconstitución fantasiosa y neo-manuelina de un lugar al gusto del romanticismo.  A pocos kilómetros de Sintra, en Queluz, la visita palaciega llega al que fue residencia de verano de la familia real y, en Mafra, al palacio-convento-basílica, el mayor edificio portugués construido en el siglo XVIII. Construcciones, todas, que parecen salir de libros de cuentos y que harán las delicias de los amantes de la fotografía.

Antes de decir adiós a este mágico lugar habrá que dejarse seducir por uno de sus grandes encantos: el gastronómico. El Barrio Alto de la ciudad puede ser una magnifica opción para hacerlo. Sus calles están salpicadas de todo tipo de bares y restaurantes en los que disfrutar de la buena mesa que caracteriza a Portugal. Un destino que se antoja perfecto para una breve escapada e infinito si se quiere descubrir durante días.

NO OLVIDE…

Probar los pasteles de Belém. Una delicia elaborada según la receta secreta de la ‘Antiga Confeitaria de Belén’. ¡Exquisitos!

Dejarse llevar por los sonidos tradicionales de Lisboa, el fado, en alguno de sus restaurantes con música en vivo.

Subirse a la línea 28 del tranvía para contemplar la ciudad tras sus legendarios cristales.

Subir al Elevador de Santa Justa para obtener la mejor perspectiva de la urbe. Fue construido a principios del XX por un discípulo de Eiffel. Une la Baixa con el Chiado.

 

DE MUSEOS:

La oferta de museos en Lisboa es muy amplia y variada: el Museo de Arte Antiguo donde está expuesto el tríptico Tentaciones de San Antón, de El Bosco;  el Museo de la Fundación Calouste Gulbenkian; el Centro del Arte Moderno; el Museo do Chiado y el Museo Berardo; la Fundación Arpad-Szènes / Vieira da Silva, que guarda la obra de la pictórica portuguesa más famosa en el mundo. El recorrido por los museos lisboetas lleva a otros más pintorescos como el Museo Nacional de Carruajes, con una colección única en el mundo; o el Museo del Azulejo.

 

MERECE LA PENA…

Una visita a Cascais y Estoril. Situados junto al mar, se convirtieron a partir de la 2ª mitad del siglo XIX en estaciones de veraneo muy de moda, las preferidas de la aristocracia. Palacetes y bellísimas villas fueron construidas y, algunas de ellas, hoy transformadas en museos, pueden ser visitadas. Entre ellas es de especial interés el Museo de los Condes de Castro Guimarães.

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